Salí a recorrer la isla, pensando si algún día podría volver a ser como fue; pero no ya los gorriones, las palomas, las vacas, los caballos y hasta las ovejas, con su lana tan chilota, han llegado para no irse.
Y entre los antiguos notros y arrayanes, hoy, pululan zarzamoras, espinos, margaritas, tréboles, alfalfas, achicorias y quizás ya este; sino pronto, mosquetas… Cambiando para siempre el ambiente.
En ese ambiente han nacido junto con los hombres miles de seres que no existen; pero son más reales que el viejo pascuero.
Reencarnándose una y mil veces, entre la población, teniendo nombre y apellido que con el tiempo se pierden en el tiempo; tal que se confunden consigo mismos y van formando traucos y pincoyas, sirenas, sumpalles, hadas y duendes.
Sus características se mimetizan con su función, son los señores y señoras del mundo natural; pero no son sus dueños en el sentido tradicional, ellos saben que su existencia depende de la salud de su medio.
Por eso es lógico que aquellos que habitan en lugares donde el ecosistema esta en un buen funcionamiento sean amigables, permitan la caza, pesca y la recolección de especies vegetales y animales dentro de los limites adecuados que permiten el normal desempeño de todos los elementos naturales.
Pero muchas veces el hombre y la mujer han sacado de más, daño su medio y ellos están ahí para alejarlos, para ello son los dueños, los cuidadores.
Ellos son nosotros, nosotros somos ellos; pero de a poco nos hemos ido alejando….
Todos tenemos sangre de hadas, todas los duendes tienen sangre humana; pero ellos han vuelto a ser de y en la naturaleza.